sábado, 14 de octubre de 2017

DÍA SEXTO DE LA NOVENA A NUESTRA PATRONA.

Por la señal de la Santa Cruz
de nuestros enemigos
líbranos, Señor, Dios nuestro
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

ACTO DE CONTRICIÓN

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, creador y redentor mío por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; propongo firmemente con vuestra divina gracia enmendarme y confesarme, y cumplir la penitencia que fuera impuesta, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos. Espero en vuestra infinita misericordia, que me habéis de perdonar y salvar, por los méritos de vuestra Pasión santísima. Amén.

ORACIÓN INCIAL PARA EL DÍA SEXTO

Santísima María, nadie puede salir justificando en el juicio de un dios todo santidad, todo justicia. Pero tú eres mi protectora, por cuya intercesión espero un juicio de misericordia. En tus brazos tienes a Jesús, mi juez, que no desechará tus buenos oficios en mi favor. Te oirá benigno, porque eres su Madre, y me perdonará porque soy tu hijo. Cuando al pie de la cruz llorabas sus tormentos y mis pecados, a fin de que se salvasen por la plenitud de tu gracia, los que merecían perderse según el rigor de su divina justicia. ¡Oh agraciada y compasiva Ester! tú aplacarás la indignación del divino Asuero.  ¡Oh agraciada y prudente Abigail! Tú desarmarás el enojo de Jesús, hijo de David. ¡Oh agraciada madre de la sabiduría y del buen consejo! Dispénsame, del tesoro de tus bienes celestiales, todos los  que necesito para enmendar mi vida, llorar mis pecados y atesorar virtudes, que merezcan en el juicio divino una sentencia de perdón y de vida eterna. Amén.

PETICIÓN

Ahora se rezará tres veces el Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre, y después se levanta el corazón haciendo la petición.
Excelsos Patronos de Montilla
Imagen: Archivo Franciscana Hermandad de los Patronos.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

Santísima Virgen María de la Aurora, medicina universal del mundo, remedio de todos los males causados por Eva, salud de los cuerpos y de las almas. Dios te salve, Dios te bendiga extendiendo la gloria de tu nombre por todos los pueblos de la tierra, para que de todas las generaciones seas conocida, amada servida y aclamada; más bendita que todas las mujeres, más esclarecida y perfecta que todas las obras del Altísimo. Dios te salve, reina de los ángeles y de los hombres; emperatriz de los cielos y tierra, madre de Dios y madre de los pecadores. Dios te salve, vida de nuestras almas libertadas de la eterna muerte con la sangre que de tus entrañas tomó Jesús, nuestro corazón, al que dilatas y consuelas con la gracia y paz que le alcanzas del Espíritu Santo. Esperanza de los patriarcas, que de ti habían de recibir su deseado Redentor y esperanza nuestra, pues por tu medio confiamos conseguir los frutos de la copiosa redención. Oye benigna nuestros ruegos. A ti aclamamos los hijos de Eva, desgraciados por su culpa, desterrados del paraíso y sujetos a la enfermedad y la muerte. A ti suplicamos, Madre de la gracia, de la salud y de la vida, remediadora de todos nuestros males, por los que de continuo estamos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea pues, Señora y abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos: compadécete de tantas miserias como nos aflijen en esta vida: dispénsanos abundantes auxilios divinos con los que, libres de todas ellas, caminemos rectamente por las sendas de los santos mandamientos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, de modo que lo veamos, no enojado como merecen nuestras culpas, sino afable y amoroso como puede conseguirlo tu intercesión.
¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! ¡Oh María poderosísima de la Aurora! Tu nombre nos recuerda tus eminentes prendas, y nos inflama de tu amor, junto con el amor a Dios, que te ha colmado de las más insignes prerrogativas para gloria suya y bien nuestro.
Intercede por nosotros, Aurora Bella, y serás oída, porque eres digna y santa Madre de Dios. Alcánzanos su bendición y sus gracias, con las que juntemos méritos que nos hagan dignos de conseguir en el cielo las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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